Enseñar Respeto: Cómo mirar a una mujer

Mirar a una mujer – enseñar respeto

 

En estos tiempos en los que pretenden volver a llevarnos al oscurantismo robándonos las libertades y derechos tan duramente conquistados gracias al sacrificio, al esfuerzo y a la lucha de muchas mujeres y hombres valientes y comprometidxs, se hace aún más impresciendible que eduquemos a nuestrxs niñxs de tal forma que personas como las que nos gobiernan hoy no sean capaces nunca de conseguir lo que se proponen.

Es imperativo que les enseñemos a nuestros niños que cuando miren a otro ser humano, independientemente de su sexo, han de hacerlo desde el respeto y que al hacerlo, vean a un igual; del mismo modo que debemos enseñarles a nuestras niñas que el respeto y la igualdad son sus derechos de cuna. 

Hemos descubierto por azar esta entrada de Nate Pyle (Pastor de una Comunidad Cristiana en una pequeña localidad de Indiana – USA) dedicada a su hijo en la que hace precisamente eso, enseñar respeto, y la hemos traducido para poder compartirla con vosotrxs, porque hay cosas aparentemente tan pequeñas como una mirada que ocultan un montón de nociones dañinas y hemos de asegurarnos de que no pervivan en nuestrxs niñxs. 

Mirando a una mujer – conversación entre un padre y su hijo

Algún día tendré que tener “la conversación” con mi hijo. No, no esa que la mayoría de los padres teme tener con sus hijos y que todos los hijos se sienten mortificados de tener con sus padres. A mi me gusta incomodar a la gente así que esa conversación será divertida.

No, yo estoy hablando de otra conversación. Esa que sucede tras pillar a mi hijo haciendo con los ojos eso que a los ojos masculinos se les da tan bien hacer – seguir a un objeto de lujuria. Probablemente estaremos en el centro comercial, que es lo que los padres solemos hacer con nuestros hijos, y le pillaré una de esas mirada. Tal vez suceda cuando vayamos a la playa. No importa el sitio, llegará el día en que se la veré. Y entonces será el momento de tener esta conversación.

“Oye, ven un momento. Déjame hablar contigo. Te he visto mirarla. No te estoy juzgando ni tampoco quiero avergonzarte. Sé porque lo has hecho. Lo entiendo. Pero tenemos que hablar de ello porque el modo en que miras a una mujer, importa.

Mucha gente te dirá y tratará de convencerte de que una mujer debe controlar su forma de vestir para no tentarte a mirarla de esa forma. Lo que te digo yo es lo siguiente; la responsabilidad de esa mujer es vestirse por las mañanas, tu responsabilidad es mirarla como a un ser humano independientemente de cómo se haya vestido. Sentirás la tentación de echarle la culpa a lo que lleve (o no lleve) puesto por el hecho de que a ti se te vayan los ojos. Pero no lo hagas. No asumas el papel de víctima.  No eres una víctima indefensa en lo que a tus ojos se refiere. Tienes control absoluto sobre ellos. Ejercita ese control. Entrénalos para que aprendan a mirarla a los ojos. Disciplínate para verla a ella, no su ropa o su cuerpo. En el momento en que te asumes como víctima caes en la mentira de que no eres más que la personificación de una reacción inevitable a estímulos externos incapaz de diferenciar lo bueno de lo malo, o a un ser humano de un cuerpo.

Escúchame bien: eso es una mentira ridícula.

Tú eres mucho más que eso. Y la mujer a la que estás mirando es mucho más que su ropa, mucho más que su cuerpo. Se habla mucho acerca de cómo los hombres objetifican a las mueres, y en su gran mayoría, lo que se dice es verdad. El ser humano objetifica las cosas que ama en un esfuerzo por tener control sobre ellas. Si realmente te gusta una persona, no la reduzcas a un objeto. En el momento en que objetificas a otro ser humano – mujer u hombre – estás renunciando a tu propia humanidad.

Hay dos puntos de vista en lo que respecta al código de vestimenta de las mujeres que te verás presionado a aceptar. Uno de ellos dice que las mujeres necesitan vestirse de una determinada manera para atraer a los hombres. El otro dice que las mujeres necesitan vestirse de otra determinada manera para proteger a los hombres de si mismos. Hijo, tú eres mejor que cualquiera de estas dos opciones. Una mujer, o cualquier ser humano, no debería necesitar vestirse de ninguna manera determinada para que tú le prestes atención. Deberías darle la atención que merece por el simple hecho de ser otro ser humano. En el otro extremo, una mujer no debería sentir la necesidad de protegerte de ti mismo. Tú tienes que estar en control de tu persona. 

Desafortunadamente la forma en que los sexos interactúan entre ellos está fundamentada principalmente en el miedo. Miedo al rechazo, miedo al abuso, miedo a perder el control. Nos tememos los unos a los otros porque nos han enseñado que el otro es peligroso. Nos han enseñado que el cuerpo de una mujer nos hará pecar. Nos dicen que si una mujer enseña demasiado su cuerpo los hombres harán cosas estúpidas. Seamos claros: el cuerpo de una mujer no es un peligro para ti. Su cuerpo no te causará ningún daño. No te hará hacer estupideces. Si cometes una estupidez será porque habrás elegido hacerla. Así que no contribuyas al miedo que existe entre hombres y mujeres.

El cuerpo de una mujer es bello, maravilloso y misterioso. Respétalo respetándola a ella como a un individuo con esperanzas, sueños, experiencias, emociones y deseos. Déjala sentirse segura de si misma. Estimula su confianza en si misma. Pero no lo hagas porque ella sea más débil. Esa es la mayor falacia que existe. Las mujeres no son más débiles que los hombres. Las mujeres no son el sexo débil. Las mujeres son el otro sexo.

No te estoy diciendo que no mires a las mujeres. Más bien lo contrario. Lo que te estoy diciendo es que las veas. Que realmente las veas. No solo con los ojos, sino con el corazón. No las mires buscando encontrar algo que estimule tus sentidos, míralas para ver a otro ser humano.

Mi esperanza es que cambiando el modo en que ves a las mujeres cambiará también la forma en que te comportas cuando haya mujeres cerca. No estés solo cerca de ellas, sino con ellas.

Porque al final ellas quieren estar contigo. Sin miedo a ser juzgadas, avergonzadas, condenadas, objetificadas o tratadas como si fueran diferentes. Y eso no es algo que quieran solo las mujeres. Eso es lo que quiere todo el mundo.

Eso es lo que en definitiva tú quieres para ti mismo.

enseñar respeto

“Nunca tendremos una civilización verdadera hasta que no hayamos aprendido a reconocer y respetar los derechos de los demás”

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