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Aprendiendo A RESPETAR LA DIVERSIDAD

Una de las últimas adquisiciones para la biblioteca del muso ha sido el libro “My Princess Boy” de Cheryl Kilodavis porque desde que supimos de su existencia nos hizo reflexionar sobre cuestiones en las que antes solo habíamos pensado por encima y nos hizo replantearnos el significado de respeto.

Cheryl Kilodavis es una emprendedora y experta en marketing estratégico de origen afroamericano que vive en Seattle (EEUU) y que tiene 2 hijos. El libro lo escribió para el más pequeño de ellos, Dyson, cuando tenía 4 años como resumen del camino hacía la aceptación y el respeto que había tenido que recorrer su familia y como una aportación para hacernos reflexionar a todos sobre el asunto y hacer así la vida de Dyson más fácil.

A pesar de que no creemos que sea muy ético hemos decidido traducir el texto del libro para compartirlo con vosotros porque creemos que ofrece un mensaje muy valioso que de otro modo no llegaría a mucha gente y además invita a una importante reflexión que deberíamos hacer todos para poder invitar a nuestros niños y niñas a que también ellos la hagan. Os animamos a que compréis una copia del libro porque realmente lo merece (y también para que del “ultraje” de esta reproducción no autorizada salga algo positivo).

Aunque no habléis inglés los dibujos son suficientemente elocuentes por si solos y el texto lo suficientemente sencillo como para que ahora que vais a conocer lo que significa podáis compartirlo con vuestros peques, está disponible en amazon España y si gastáis 19 euros en libros el envío es gratuito, así que podéis aprovechar para haceros con alguno más de la lista que publicamos en el post anterior.

Conseguir libro My Princess Boy

 

 “MI NIÑO PRINCESA

Mi niño princesa tiene cuatro años y le gustan las cosas bonitas. El rosa es su color favorito. Le gusta disfrazarse con vestidos de niña y baila como una preciosa bailarina.

Mi niño princesa tiene un hermano muy guay. Su hermano juega al béisbol y al fútbol y su hermano baila con mi niño princesa. Mi niño princesa adora a su hermano.

Mi niño princesa ama a su papá. Su papá le dice a mi niño princesa lo guapo que está con su vestido, le coge de la mano ¡y le hace girar y girar! Mi niño princesa sonríe y abraza a su papá.

Mi niño princesa queda a jugar con otros niños y niñas. Le gusta trepar árboles llevando su tiara de niño princesa. Cuando juega a los disfraces le encanta cambiarse de ropa todo el rato. Lleva un maillot de ballet verde y baila con sus amigos.

Amo a mi niño princesa. Cuando vamos de compras lo que más feliz le hace es mirar la ropa de niña. Pero cuando dice que quiere comprar un bolso rosa o un vestido brillante la gente se le queda mirando. Y cuando compra cosas de niña, la gente se ríe de él, y luego se ríen de mi. Nos duele a los dos.

Una vez mi niño princesa llevó un vestido en su fiesta de cumpleaños. Salió a recibir a sus amigos y a darles la bienvenida a casa y les anunció “¡Soy un niño princesa!” Se puso sus joyas y estaba encantado de lo guapo que se veía… y agitaba su varita de niño princesa.

Otra vez mi niño princesa se vistió de princesa para Halloween. Fue con su hermano a hacer truco o trato y una mujer se rio de él por llevar un vestido de princesa. Mi niño princesa preguntó “¿Por qué se ha reído de mi?” y yo le dije que algunas personas no creen que los niños deban llevar vestidos.

Pero un niño princesa podría llevar un vestido al colegio y yo no me reiría de él. Un niño princesa podría vestirse de rosa y yo le diría lo precioso que está. Y un niño princesa podría querer jugar conmigo vestido con lindos vestidos de niña y aun así yo jugaría con él.

Si vieras a un niño princesa…

¿Te reirías de él?  ¿Le insultarías?  ¿Jugarías con él?  ¿Te gustaría tal y como es?

Nuestro niño princesa es feliz porque le amamos tal y como es.”

 

El muso prefiere vestirse de dinosaurio a vestirse de princesa y aunque nos hayamos asegurado de que en su caja de disfraces haya alas de hada, un brillante gorro de princesa, una varita mágica o una tiara él prefiere su arco de indio o su gorro de pirata con espada a juego, así que el muso no va a identificarse con el protagonista de esta historia pero sí que puede aprender a empatizar con él y lo que es más importante, a respetar la individualidad de cada persona que se cruce en su camino y la forma en que esas personas decidan expresar dicha individualidad.

En casa el libro nos ha hecho reflexionar sobre el respeto y la aceptación a los demás que deberían ser básicos pero que suelen fallarnos, por muy respetuosos que nos consideremos, cuando nos encontramos frente a algo “inusual”, incluso cuando ese algo fuera de la norma provenga de nuestros niños.

Y es que la aceptación absoluta es mucho más difícil de lo que parece incluso con un amor inconmensurable de por medio.

Al hilo de esta cuestión también nos hemos replanteado esa fidelidad primera que debemos a nuestros niños y niñas y que suele flaquearnos cuando estamos sometidos al escrutinio público.

La mayoría de las veces aceptamos que los niños hagan cosas en casa que no les permitimos hacer fuera y nos justificamos diciéndonos que lo hacemos para protegerles del daño que podrían suponerles las miradas, risas o comentarios de los demás; pero lo cierto es que aunque esto naturalmente nos preocupe mucho, si se mira esta reacción nuestra con lupa nos encontramos con que el motivo de base suele tener bastante que ver con las miradas, risas y comentarios que recibiríamos nosotros por permitirles ese comportamiento en público.

Por ejemplo nosotros no insistimos en casa cuando el muso decide que no quiere compartir algo; entre los adultos no se da por sentado que tengamos obligación de compartirlo todo ¿pero sí se les demanda a los niños?; así que no le exigimos que comparta sus cosas con nosotros si no quiere y del mismo modo cuando él quiere algo nuestro con lo que no queremos que juegue nos sentimos libres de decirle que no queremos compartirlo en ese momento o que no queremos compartirlo nunca, punto, porque es delicado y nos gusta mucho.

Pero ¡ay! si el muso decide que no quiere compartir algo con algún amiguito/a, cuando eso pasa nos salta un resorte como por arte de magia que nos hace correr en ayuda de la “víctima” de su “egoísmo” (ante los por supuesto atentos ojos del adulto que le custodie).

Como aún en esos momentos somos conscientes de nuestro doble rasero no le imponemos que comparta (eso sería muy hipócrita, ¿verdad?), pero le breamos con palabras y explicaciones edulcoradas sobre lo divertido que es compartir y lo triste que está su amiguito/a porque él no quiere hacerlo; es decir tratamos de conseguir el mismo fin conservando una conciencia más tranquila; que comparta algo que es suyo y que no le apetece compartir en ese momento, porque no queremos quedar mal con los papás de ese otro niño/a, no queremos que piensen que nuestro muso es un egoísta o, ¡peor aún!, un maleducado.

Lo mismo sucede si pega o empuja a otro niño, independientemente de que condenemos la violencia y en casa jamás, jamás, la utilicemos, cuando el muso se enfada y nos empuja o le da un palmetazo a alguno de nosotros, no le atacamos sino que le decimos lo más calmadamente que podemos dada la situación que entendemos que está enfadado y que puede golpear un cojín para dejar salir ese enfado pero que nunca, nunca, se pega a las personas o a los animales. Es decir, ejercemos el autocontrol que hemos adquirido con los años y tratamos de empatizar con cómo se está sintiendo él en ese momento: enfadado, frustrado, asustado… para ayudarle a que él también aprenda a gestionar sus emociones.

La cosa por supuesto cambia si el destinatario del empujón no es uno de nosotros, entonces corremos una vez más a ponernos de parte de la “víctima” y obviamos cómo se pueda estar sintiendo el recipiente de nuestra fidelidad primera. Entonces, en vez de dejar que sea el otro adulto el que se ocupe de consolar y gestionar cómo se está sintiendo su niño o niña empujado y ocuparnos nosotros de cómo se siente el nuestro, le abandonamos en su miseria, nos aliamos con el “enemigo” y le hacemos sentirse aún peor.

Porque por supuesto que sentimos muchísimo que nuestro adorable muso sea el causante de dolor ajeno, pero sobre todo porque, ¿qué pensarían los padres del agredido si no hiciéramos un gran número condenatorio sobre la actitud de nuestra criatura y en vez de eso tratáramos de ayudarle a lidiar con sus emociones para que se sintiera mejor y pudiera gestionarlas mejor en el futuro?

La aceptación y la empatía requieren de mucha práctica y apara aprenderlas hacen falta buenos y muchos ejemplos;  el libro de Cheryl es una llamada de atención poderosa sobre estas cuestiones.

Si queremos que nuestros niños y niñas sean libres de ser quienes son y de expresarlo libremente debemos enseñarles a respetar la libertad e individualidad de los demás, y debemos enseñarles primero con nuestro ejemplo y nuestra aceptación.

Las personas que se reirán o dañarán a nuestros hijos o hijas por alguna de sus diferencias son aquellas que a su vez fueron víctimas de escarnio por las suyas. Esas personas que son las que tenemos en mente cuando condicionamos a nuestros hijos para que “encajen” en público aprendieron que todo lo que se salga de la norma debe y puede ser motivo de burla.

Rompamos el círculo.

“Why fit in when you were born to stand out?”

“¿Para qué encajar si naciste para destacar?”

Dr. Seuss

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