Competitividad. ¿Mejorar o Ganar?

Competitividad: ¿mejorar o ganar?

Atención, pregunta, ¿la competitividad que envuelve al mundo es inherente al ser humano o es un regalito más de esta sociedad nuestra?

No hablamos de la competitividad “buena”, de esa que nos hace buscar maneras de superar nuestros propios límites (impuestos o autoimpuestos) y nos empuja a ser cada día un poquito mejores; esa es bieeeeen. La competitividad que nos inquieta y sobre la que versa este post es esa otra competitividad-comparatividad que nos hace mirar al vecino con recelo y medir nuestra valía con respecto a la que le otorgamos a él.

¿De dónde viene este afán no de superarnos a nosotros mismos sino de superar al de al lado? ¿Por qué nos sentimos mejor cuando pensamos que el otro es peor? y sobre todo, ¿por qué quiero ser mejor que tú en vez de solo mejor que yo mismo?

Tenemos la sospecha de que las raíces del problema han encontrado una gran maceta en las bases del sistema educativo.  En nuestro sistema educativo oficial todo se puntúa; cualquier actividad por lúdica que sea es en realidad un concurso para descubrir quién es mejor. Se motiva el aprendizaje con promesas no de futuro conocimiento y realización personal sino con profecías sobre riquezas mayores que las de los que “sepan menos”. Un sistema en el que sacar un 10 es un subidón que deja de serlo si todo el mundo saca esa nota porque la lección primera que extraemos es que lo importante no es saber, lo importante es saber más que los demás.

Hace poco en el autobús una madre regañaba a su hijo porque la profesora le había puesto una nota en los deberes por “inentiligibles”. La madre le reñía diciendo que habían hablado mil veces de que no podía escribir tan mal y la criatura respondió que Pepita escribía aún peor que él, a lo que la madre contestó poco menos que a ella lo que hicieran los demás se la traía al pairo, que su hijo era él y tenía que cuidar más la escritura, punto. La mujer siguió revisando las notas de la maestra hasta que en una encontró el aviso de que su retoño había sacado la nota más baja en un determinado examen, y entonces volvió a reñirle culminando la bronca con un: “¿es que quieres ser el más tonto de la clase?”. Es decir, si los demás eran “peores” que su hijo a esa señora esos demás se la traían floja, pero ¡ay, si los demás eran “mejores”!

Como padres, tíos, abuelos y adultos en general y debido probablemente a este tipo de educación recibida, somos insconcientemente proclives a las comparaciones como método “inspiracional”: “mira a tu hermano como come sin protestar / sin mancharse / usando los cubiertos…” “Mira como Jorgito se da en el columpio él solo / se pone el abrigo solito / hace pipí en el water como un mayor”. Y esto que a simple vista puede parecer inofensivo resulta que no debe serlo tanto si acabamos todos convirtiéndonos en adultos más comparativos que competitivos. Adultos que no buscan mejorarse sino salir ganando en las comparaciones.

En este sector nuestro en el que cada vez más personas intentamos ganarnos la vida tratando de comercializar nuestros gustares junto con nuestras capacidades, talentos o creatividad, también suceden este tipo de suspicacias y no podemos evitar que nos resulte chocante ¿cómo puede ser que si estamos todos haciendo lo que nos gusta e intentando hacerlo cada uno lo mejor posible haya quien busque razones para molestarse con otros porque están tratando de hacer lo mismo?

Eso se me ocurrió antes a mi“, “yo lo hago mejor y cobro menos“, “me han copiado“, “esa idea ya la he visto antes” y otro largo etcétera son frases que tristemente se escuchan o leen con cierta frecuencia. Y no queremos decir que no sean ciertas, lo que queremos decir es: ¡¿y qué?!

Es poco frecuente que se de el caso de alguien que invente la rueda, la construya de manera impecable y con materiales jamás usados hasta entonces, desarrolle la mejor campaña de marketing, cree la mejor plataforma de ventas y además consiga que le publiquen un libro por lo bien que ha ido contando el proceso a través de su blog.

La inmensa mayoría de las personas tiene una idea brillante y busca inspiración en el trabajo de otros sobre cómo desarrollarla o llevarla a cabo; o descubre por azar una idea brillante que ha tenido otra persona y se siente inspirado para dar uso a sus capacidades y talentos únicos desarrollándola; o conocen el trabajo de alguien y se dan cuenta de que les encantaría hacer algo parecido así que se ponen a ello…

Los marineros que viajaban por la Polinesia quedaron fascinados con los tatuajes de las tribus y comenzaron a hacérselos y a aprender a hacerlos. Para que el tatuaje se extendiera en Occidente de la manera en que lo ha hecho hizo falta que muchas personas se sintieran inspiradas por el trabajo de otra. Tal vez el primer tatuador occidental sintió que el segundo le había copiado la idea, pero gracias a ese segundo y a todos los que le siguieron el arte del tatuaje evolucionó. La competencia hizo además que el tatuaje se extendiera, que cada vez más personas lo conocieran, se hicieran uno y se convirtieran en publicidad andante que contagiaba a otras personas las ganas de tatuarse y todo esto es lo que ha permitido que hoy muchas personas puedan vivir y disfrutar de ello.

Tal vez si mañana 20 personas más comenzaran a pintar murales o ventanas en poco tiempo nadie querría tener una pared “vacía” y entonces comenzarían a dedicarse a ello otras 100 personas más porque los que lo hacemos no daríamos a basto para cubrir la demanda. Ciertamente tendrían más trabajo aquellos cuyo trabajo gustase más, y si llegado ese día nosotros no estamos entre esos “elegidos” tendremos que buscar maneras de ser mejores, mejores que nosotros mismos; porque envidiarles, criticarles y tirarnos al suelo a patalear porque se nos “ocurrió” pintar murales o ventanas antes que a esos 120 no solo sería tonto (en Altamira ya pintaban las paredes y a nosotros no ha venido nadie a pedirnos un canon) es que además sería una pérdida de tiempo porque eso no nos iba a hacer pintar mejor, ser más creativos, que nuestro trabajo gustara a más gente o disfrutar más de lo que hacemos.

Ese escrutinio constante al de al lado para buscar en qué somos mejores que él no nos deja ver que el de al lado está haciendo lo mismo que nosotros, vivir su vida como mejor entiende y ganándosela como buenamente puede o le parece. Si interiorizamos esto, el de al lado puede convertirse en una fuente de “riqueza” en vez de ser una fuente de frustraciones o envidias; primero porque la competencia es publicidad gratuita, cuantos más seamos más gente conocerá lo que hacemos e inevitablemente serán más los interesados por el trabajo de todos, y segundo porque la competencia es enriquecedora siempre; SIEMPRE hay algo que podemos aprender de los otros que nos puede ayudar a mejorar en lo que hacemos nosotros, que nos puede servir de inspiración o darnos el empuje final que necesitamos para emprender eso que nos gustaría.

Cambiar la comparación por observación y siempre que sea posible por colaboración nos haría a todos mejores, más sabios y sobre todo bastante más felices; y si vamos a tomarnos la vida como un concurso, ¿no es ese es el mayor premio al que podemos optar?

“Ningún gran hombre fue grande a costa de empequeñecer a los otros”

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