Sobre la “careza”. Continuación…

Aprendiendo a valorar el precio de las cosas

La agencia tributaria publicó a finales del año pasado que casi el 60% de los declarantes del IRPF tiene unos ingresos inferiores a 1.000 euros mensuales. Increíble pero cierto y muy, muy triste.

Con un presupuesto así de ajustado es muy fácil caer en la trampa de la careza y los que producen las cosas que compramos en masa, lo saben. También saben que si lo que venden cuesta 9,95€ compraremos tres, cuatro o cinco, mientras que si cuesta 25€ compraremos solo uno y al final habremos gastado menos.

La base de su negocio está en nuestro ansia de acumular sumada a la sensación de careza que nos han creado.

Para los propietarios de los pequeños comercios, los profesionales de los distintos oficios y los artesanos en general esa alerta de careza generalizada representa su peor enemigo. Sus posibles clientes averiguan el precio de sus productos y lo comparan con el de algún gran almacén etiquetándolo automáticamente como caro, pero no se paran a plantearse el valor del producto para considerar si ese precio es justo (independientemente de que ellos puedan o quieran pagarlo, que esa es otra cuestión).

España está en cabeza en la tasa de paro femenino (la cuarta parte de las mujeres europeas en paro son españolas) y entre las que trabajan, casi el 50% lo hace por menos de 1.000 euros mensuales. Así que siendo como es que las chicas son guerreras (y qué día mejor que hoy para recordarlo), el número de emprendedoras españolas se ha multiplicado en los últimos años hasta aumentar en más de un 30% (frente a un aumento del 8% en el sector masculino).

Muchas mujeres están utilizando la nefasta situación actual y una nueva conciencia global para reinventarse y aunque esto suponga vivir con menos, vivir mejor. En esta mini cruzada nuestra por aclarar la diferencia entre valor y precio les hemos preguntado a algunas de estas valientes sobre la supuesta careza de los productos que elaboran (con mucho mimo) y venden.

  • Feel & Felt vende creaciones en fieltro hechas a mano, broches, sonajeros, palabras inspiradoras… Para que las cuentas fueran sencillas hemos tomado como referencia su kit para decorar albúmes de fotos de bebés que consiste en 10 números + la palabra meses hechos en fieltro. Beatriz, la persona detrás de todas las creaciones, tarda cerca de 4 horas en cortar, rellenar y coser a mano todas las piezas que componen el Kit y calcula que el coste en material (fieltro, relleno, hilos y embalaje para envío) supone unos 5€. Teniendo en cuenta que el precio final de venta son 25€, el resultado es que Beatriz diseña, cose y crea por 5 euros la hora.
  • Tucha se dedica a diseñar y coser ropa alternativa con prendas recicladas. Su producto estrella son los PanTaKas para niños, unos pantalones divertídisimos con un diseño especial para los peques que usan pañales de tela. Como los materiales son reciclados vamos a tener en cuenta sólamente el gasto de hilos, gomas y embalaje que en total es de unos 2€ por pantalon. Como a Tucha le lleva cerca de 5 horas hacer uno y los vende por 25€, las cuentas son que Tucha gana 5 euros por cada hora de diseño y costura.
  • Siriñadas diseña y confecciona artículos de porteo artesanales que se pueden personalizar con la tela que elijamos. El precio final de uno de los más vendidos, el Mei Tai Fular, es de 65€. A Esmeralda, el corazón y la aguja detrás de Siriñadas, le lleva cerca de 10 horas diseñar, cortar, coser y rematar cada uno de ellos (sin contar el tiempo que emplea luego en enseñar a los “porteadores” cómo usarlos) y aproximadamente 34€ de gasto en materiales (entre telas, hilos y cierres), así que la abrumadora realidad es que Esmeralda trabaja por unos 3 euros la hora.
  • Ana, de Cantaba la rana, elabora maravillosas y deliciosas tartas y cupcakes decoradas al gusto del consumidor. Para hacer las cuentas vamos a usar de ejemplo una tarta “normalita”. Los ingredientes para hacer una de estas tartas, decorarlas y empaquetarlas cuestan cerca de 20€ (huevos, harina, azúcar, cacao de la mejor calidad, fondant, lazos, tul…) y preparar y hornear el bizcocho, rellenarlo y decorarlo le lleva a Ana cerca de 9 horas. Como Ana vende las tartas a 60€, la hora de trabajo le sale a 4,5 euros.
  • En Mommo realizan diseños exclusivos que luego estampan en ropa ética, ecológica y orgánica creando prendas originales para niños que además son responsables con el medio ambiente. A grandes rasgos entre materiales, imprenta y embalaje ecológico el coste por prenda sería de 15.5€. Un diseño de complejidad media tardan en dibujarlo 2 horas tirando por lo bajo (vamos a olvidar el tiempo de “ideación” del mismo y haremos como si la inspiración les cayera de un árbol); aún así nos saldría que Mommo gana por hora de diseño 3,25 euros.
  • Las Ventanas de madera que hacemos en el Proyecto Alegría tardan unas 18 horas de media en estar acabadas (diseñarla y dibujarla sobre la madera, cortarla, lijarla, imprimarla, bocetar el dibujo que irá dentro, pintarlo con acrílicos y barnizarlo). El precio de los materiales que empleamos debe ser de aproximadamente unos 12€ y a ese gasto hay que sumarle otros 5€ del material de embalaje. Como vendemos la ventana por 90€, estamos trabajado por unos 4 euros la hora.

Collage Artesanas

En todos los ejemplos anteriores se han obviado los costes de mantener el taller o lugar de trabajo, las herramientas, la impresión de tarjetas, etiquetas y resto de material de marketing, el tiempo empleado en gestionar las web y redes sociales, el empleado en hacer y editar las fotos de los productos, en buscar material e ir a comprarlo, en atender llamadas, emails, gestionar pedidos y otro largo etc.

Obviando todos los gastos y tiempos anteriores y quedándonos con las cifras más simplonas tenemos que para llegar al mileurismo Beatriz y Tucha necesitarían cortar y coser en exclusiva durante 48 horas semanales, Esmeralda debería hacerlo unas 79 horas cada semana, Ana debería darle a la repostería cerca de 53 horas/semana, Natalia  debería estar diseñando y dibujando unas 68 horas semanales y nosotros cortando y pintando ventanas 60 horas a la semana. Y si tenemos en cuenta esos gastos y tiempos que hemos dejado fuera… mejor no hacer las cuentas.

Todas coinciden en que sienten que su trabajo está por lo general poco valorado, y a pesar de ello, añaden, no lo cambiarían.

Y vamos a intentar aclarar cómo puede ser que digan esto (visto lo visto y calculado lo calculado) usando la primera persona del plural para hacerlo; esos 4 euros por hora de trabajo que podrían parecer una miseria dejan de parecerlo tanto cuando en la foto se incluye: a un muso jugando a nuestro alrededor en vez de pasarse 8 horas diarias en una guardería (a unos 2 euros la hora de encierro), los guisos recuperados de la abuela que ahora cocinamos y comemos a diario (y que suponen un subidón anímico directamente proporcional a la reducción en gasto en precocinados y mierdecitas varias), las pausas cuando sale el sol para ir a pasear o saltar en la cama elástica y a saltar en los charcos cuando llueve y que contribuyen a este aura multicolor que se nos está poniendo (y a la que tal vez le falte el  verde del dinero pero que le gana con creces a ese aura griácea que solíamos gastar antes), y el poder hacer lo que a uno le gusta, porque vivir haciendo lo que a uno le gusta no tiene precio.

Como consumierdistas en proceso de desintoxicación sabemos que el cambio de mentalidad no es fácil y que requieren de un ejercicio constante. Es difícil sacudirse esa sensación aprendida de que poseer es sinónimo de bienestar (un armario repleto, una nevera desbordante de comida…) y que tener pocas cosas, aunque sean las justas y necesarias, es sinónimo de pobreza y fracaso. Y sobre todo es dificilísimo deshacerse de ese ansia por comprar barato aunque eso signifique comprar peor.

También sabemos que querer no siempre es poder, que en todas las casas hay un presupuesto y que en la mayoría de ellas hace tiempo que ese presupuesto ha dejado de ser ético y empieza a rozar lo inmoral. A nosotros nos encantaría por ejemplo que todos los alimentos que compramos fueran ecológicos y vinieran de empresas locales con un código de conducta ético; de ese modo comeríamos más sano y al mismo tiempo apoyaríamos los negocios de nuestros vecinos que hacen un esfuerzo extra por hacer las cosas bien; pero la realidad es que nuestra economía no puede mantener a nuestra ética.

La solución, encontrar una opción intermedia; las zanahorias, que en casa se comen a cualquier hora y sobre todo entre horas, y los tomates, que cuando están buenos nos parecen un manjar en desayuno, comida y cena, podríamos adquirirlos en uno de los grupos de consumo ecológicos que cada vez más afloran en todos los barrios, y el resto de frutas y verduras seguir comprándolas en la tienda (donde son peores pero cuestan menos dinero); así podríamos comer algo mejor y aportar nuestro granito de arena para que se produzca el cambio que queremos sin salirnos del presupuesto familiar.

Nos hemos hecho conscientes de que a pesar de nuestras limitaciones podemos hacer pequeños cambios, y de que nuestros pequeños cambios sumados a los de otras muchas personas pueden hacer grandes diferencias.

El consumo ético del que hablábamos en el post anterior es el que aboga por valorar cuál es la opción de compra más justa, solidaria o ecológica. Consiste en poner en el foco de nuestros hábitos de consumo las siguientes cuestiones:

  1. ¿Es mi necesidad real?
  2. ¿Cuál es la historia del producto que me estoy planteando comprar?
  3. ¿Cuál es la conducta/historial de la empresa o persona que lo produce?

Son 3 preguntitas solo que de hacérnoslas muchas personas podrían cambiar el mundo que conocemos; así que intentémos recordarlas antes de sacar la cartera porque la diferencia que podemos hacer merece mucho la pena.

Y por favor, ¡por favorcito!, la próxima vez que os crucéis con el trabajo de un artesano (de un pequeño emprendedor, comerciante, profesional de un oficio…) preguntadle por el tiempo de elaboración, por los materiales que usa para hacer sus productos, por los gastos generales… Con toda esa información en la mano decidid si podéis permitiros la compra o no o, si aún pudiendo, preferís gastar menos dinero y decidlo tal cual; no volváis a decir que algo os parece caro sin aplicar las matemáticas; aunque sean unas tan simplonas y de andar por casa como las que hemos aplicado hoy aquí.

Las preferencias de consumo y el poder adquisitivo (o la falta de él) de cada uno no deberían ser nunca una licencia para insultar el trabajo de otro. Porque decirle a alguien que vende su buen hacer, su profesionalidad, su creatividad, su tiempo y su dedicación a 3, 4 o 5 euros la hora que vende caro, ¿qué es si no un insulto?

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2 comentarios en “Sobre la “careza”. Continuación…

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