Los Monitos Mimosos

El origen de la Crianza con Apego

 

La Crianza con apego está basada en los principios de la teoría del apego dentro de la psicología del desarrollo.
El psicólogo Harry F. Harlow, publicó un estudio en 1958 llamado “La naturaleza del amor” en el que se desarrollaba la teoría del apego basándose en los resultados de estudios realizados con cachorros de mono.
La única diferencia fundamental entre un bebé de mono y un bebé humano es que los monitos son más maduros al nacer y crecen mucho más rápido; el resto de características básicas como las respuestas al afecto, a la lactancia, al contacto físico, al porteo y a la exploración visual y auditiva, no presentan prácticamente diferencias. Incluso el desarrollo de la percepción, el miedo, la frustración y la capacidad de aprendizaje, siguen unas secuencias muy similares en los bebés de ambas especies.

El doctor Harlow llevaba 3 años realizando estudios sobre crianza con cachorros de mono cuando descubrieron que los monitos criados en laboratorio mostraban un fuerte apego por los trapos que cubrían el suelo de sus jaulas. Solían estar permanentemente agarrados a ellos y tenían terribles rabietas y comportamientos violentos cuando esos trapos tenían que cambiarse por razones sanitarias. Así que decidieron quitar los trapos de las jaulas y descubrieron que si se dejaba a los bebés de mono en una jaula sin trapos desde el momento de su nacimiento, la inmensa mayoría no lograba sobrevivir los primeros 5 días.

Se observó entonces que si en la jaula se introducía un cono hecho con malla metálica al cual podían agarrarse, el porcentaje de mortalidad de los monitos bajaba notablemente, y que si ese cono se cubría con un paño afelpado, los monitos no solo sobrevivían sino que estaban más sanos, fuertes y alegres.

Estos descubrimientos, en cierto modo accidentales y que parecían demostrar que existía la posibilidad de que además de una alimentación correcta el contacto físico fuese una variable igual de importante en el desarrollo, fueron los que dieron lugar al estudio sobre la importancia del apego.

El siguiente paso en los estudios de Harlow fue introducir una” madre postiza” o “figura de apego” en la jaula de los monitos; Harlow lo explica así: “La madre postiza se hizo usando un bloque de madera cubierto con gomaespuma y forrado con un trapo de felpa; redujimos apéndices como brazos y piernas y colocamos un único pecho en el centro del tronco además de colocar una bombilla en la parte posterior que proporcionaba calor. El resultado fue una una madre suave, calentita, blandita… una madre con una paciencia infinita, disponible las 24 horas del día y que nunca regañaba (o mordía) a sus bebés cuando se enfadaba. En nuestra opinión creamos una madre mona muy superior a la real, aunque tenemos entendido que los padres monos no comparten nuestra opinión.”

Además de esta madre “ideal” se introducía una segunda madre postiza hecha únicamente de alambre que tenía la misma capacidad de soporte, lactancia y la misma fuente de calor. Su diseño se diferenciaba solo en la calidad del confort debido a la falta de revestimiento. Ambas mamás postizas se introducían en la jaula de los monitos e invariablemente la elegida era la mamá suave.

Más tarde se crearon dos grupos, en uno de ellos la mamá de alambre era la que tenía leche y en el otro la mamá con leche era la de trapo. Los resultados fueron asombrosos ya que mostraron que independientemente de que la mamá de trapo tuviera leche o no, seguía siendo la elegida. Los monitos cuya fuente de alimentación era la mamá metálica aprendían rápidamente que ¡podían cambiar de madre! y tras alimentarse se soltaban de la madre que les había tocado en suerte y se pasaban el resto del tiempo colgados de la mamá más “amorosa” aunque esta no tuviera leche.

Estos datos hicieron obvio que el confort que ofrece el contacto físico es de una importancia abrumadora para el desarrollo de la respuesta afectiva, mientras que la lactancia, si no se cumple ese requisito, pasa a un segundo plano. De hecho, estos resultados sugieren que la lactancia podría ser una “herramienta” mediante la que los bebés se asegurarían no tanto su alimentación como el contacto físico con sus madres.

Tras este hallazgo Harlow modificó el experimento y separó a los monitos en dos grupos en los que los monitos solo tenían acceso a una madre concreta, la de metal o la de trapo. Se observó que los monitos de ambos grupos ingerían la misma cantidad de leche y crecían al mismo ritmo, pero las similitudes acababan ahí. Los bebés de mono que tenían madres de trapo se comportaban de forma absolutamente distinta a la de aquellos que tenían madres de alambre.

Por ejemplo, cuando se asustaba a los monitos con algún objeto ruidoso o desconocido para ellos, aquellos con la madre de trapo corrían a colgarse de ella y se frotaban hasta que conseguían calmarse; los monitos con madres de metal se tiraban en el suelo, se acurrucaban sobre si mismos, se mecían y gritaban desconsolados.

Algo parecido sucedía si se trasladaba a los monitos a una habitación desconocida llena de objetos para manipular; cuando la mamá de trapo estaba presente, los monitos alternaban las exploraciones con visitas a la mamá que les ofrecían seguridad y les permitían seguir investigando y jugando con los objetos mientras que, tanto si la mamá presente era de metal como si en la sala no se introducía a ninguna de las madres, la reacción de los bebés de mono era igual, se acurrucaban asustados en un rincón y no exploraban su entorno.

En el caso en que se privaba a los monitos de la presencia de su madre de trapo durante varios días, una vez que la madre volvía a estar presente, los monitos corrían a colgarse de ella y no se soltaban por muchos objetos manipulables y atractivos que hubiera disponibles a su alrededor. Si en algún caso (los menos) lo hacían, cogían rápidamente un objeto al azar y volvían corriendo para explorarlo en “brazos” de sus madres. Es decir, su natural apego se convertía en ansiedad por separación.

La conclusión de Harlow es que los monitos con la figura de apego “suave” se habían beneficiado de un recurso psicológico – el apego emocional – que los monitos del segundo no tuvieron a su alcance; una madre “fría” cubría sus necesidades físicas pero no sus necesidades psicológicas. Sólo a través de la sensación de seguridad, afecto y del contacto físico que se había proporcionado a los monitos con mamás de trapo, se consiguió que su desarrollo emocional y psicológico fuera el óptimo.

 

Estos experimentos demostraron además que el “más vale tarde que nunca” no era una premisa aplicable en el caso del apego. Cuando los monitos no tenían ninguna figura materna o de apego (ya fuera real o postiza) durante ocho meses, su desarrollo psicológico y emocional quedaba dañado para siempre.

Más tarde se repitieron los experimentos sometiendo a los monitos a periodos de ausencia de la figura de apego y concluyeron que los daños causados por la carencia de esta solo eran reversibles cuando los periodos de ausencia no superaban los 90 días (el equivalente a 6 meses para un bebé humano); una vez superado este período de tiempo daba igual lo afectivas que fuesen las figuras de apego que se introdujeran en la vida de los monitos, ciertos comportamientos anormales y carencias afectivas no llegaban a superarse nunca.

La necesidad del bebé de estar próximo a su madre, de ser acunado en brazos, protegido y cuidado ha sido estudiada científicamente en repetidas ocasiones y ha quedado establecido que apego es el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus cuidadores y mediante el que se siente aceptado y protegido incondicionalmente, que le proporciona no sólo la garantía de supervivencia, sino la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo de su personalidad.

En base a esta teoría, el bebé nace con un repertorio de conductas que tienen como finalidad producir respuestas en los padres: la succión, las sonrisas reflejas, el balbuceo, el llanto… son las herramientas del bebé para vincularse con sus padres  o cuidadores. Con este repertorio los bebés buscan mantener la proximidad con la figura de apego, resistirse a la separación y utilizar la figura de apego como base de seguridad desde la que explorar el mundo. El estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad, rápidez y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto.

“El bienestar futuro, al igual que las futuras neurosis, comienza en casa”

 

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