EL HAMBRE O LA VIDA

Ser o Comer, ¿esa es la cuestión?

 

Intentando divorciarnos del sistema para empezar a vivir una vida acorde a quienes somos, a aquello en lo que creemos y a lo que realmente queremos. En esas estamos.

A ratos da susto y otros ratos directamente acojona. Son esos ratos en los que el único desenlace que somos capaces de visualizar es la pobreza: ¡¡¡Ay madre mía, que nos vamos de cabeza a la indigencia!!!

Hay que inspirar y expirar unas cuantas veces hasta que se pasa el ataque de pánico, entonces se vuelve a poner la mente en funcionamiento y en cuanto se hace eso, pensar, las posibilidades de desenlace se multiplican; éxito absoluto, éxito rotundo, éxito relativo, éxito inesperado, fracaso (volver a una vida como la que queremos dejar atrás)… curiosamente con la mente en marcha la pobreza infinita no aparece en la lista de opciones.

La idea de que en la vida hay dos únicas opciones posibles: “tener dinero y vivir una vida que no te gusta mucho” o “hacer lo que te gusta y dormir debajo de un puente” es completamente inculcada, no es una conclusión a la que se pueda llegar, ¿o todo el mundo conoce a uno que persiguió sus sueños y murió de inanición?

Nosotros, tras un par de ataques de pánico colectivos y alguno que otro individual, nos paramos a pensar y nos dimos cuenta que no sabíamos de nadie fallecido de esa manera, así que no nos quedó otra más que deducir que, entre otras tantas cosas falsérrimas, de alguna manera han conseguido inculcarnos el miedo a algo que tiene toda la pinta de no ser cierto. ¡Qué cabrones!

Pero es que aún en el caso de que fuera cierto aún habría que plantearse, qué es más triste, ¿la obligación de mendigar felicidad a diario o tener que mendigar un trozo de pan todos los días?

Estamos de acuerdo en que el miedo es necesario para sobrevivir porque nos activa y nos hace estar alerta, pero cuando nos paraliza, el miedo no sirve para nada. Es ese tipo de miedo que hace que cuando estando en la cama oímos un ruido que suena muy a ladrón e incluso a asesino en serie, nos tapemos la cabeza con la sábana y nos quedemos quietos como estatuas. Si no hago nada no me pasará nada. Da igual que en el fondo todos sepamos que para huir hay que moverse y que el tejido de las sábanas puede ser anti-pelotillas e incluso anti-ácaros pero nunca anti-balas ni anti-cuchillos de carnicero. Cuando dejamos que reine el miedo, el miedo no nos deja pensar.

Una vez asumido esto, el siguiente paso es definir qué es la pobreza para cada uno, porque damos por sentado que pobre es el que no tiene qué comer; pero ¿y el que aún con el estómago lleno vive sin ilusión, sin alegría o sin tiempo para disfrutar de quien quiere?

Hay quien contestará que de infelicidad uno no se muere, pero de hambre sí; y hay quien responderá que cuando el miedo a la pobreza gobierna tu vida, conseguirás comer, pero no vivir. Así que desde esta perspectiva parece que es una cuestión de elegir tipo de muerte.

Además de todo lo anterior no podemos dejar de tener presente que este sistema al que nos agarramos con uñas y dientes no puede dar trabajo a un 24,4% de la población activa española, y que ese mismo sistema, y por si esos casi 6 millones de desempleados fueran pocos, permite que cerca de 1 millón de trabajadores viva por debajo del umbral de la pobreza (ganando menos de 7.800€ al año). Así que parece claro que seguir resignándonos a lo que el sistema nos pida tampoco nos garantiza que vayamos a tener ya no los bolsillos, sino el estómago lleno.

En estas conclusiones estábamos cuando oímos a José Luis Sampedro contar un hecho recogido en un libro de Salvador de Madariaga; contaba el Sr. Sampedro que en la plaza de un pueblo de Andalucía se reunía todas las mañanas un grupo de jornaleros sin tierras ni ocupación a la espera de que algún capataz viniera a ofrecerles algún trabajo, el que fuera. Una mañana apareció en la plaza un cortijero y le dio dos duros a cada uno de aquellos pobres (con lo que dos duros suponían entonces) para que votasen al cacique de derechas correspondiente en las elecciones que iban a celebrarse, y uno de aquellos jornaleros pobrísimos, cogió los dos duros y mientras los tiraba al suelo le dijo: “En mi hambre mando yo”.

Si tiene que suceder lo peor, lo mínimo es que el hambre nos pille contentos.

esperanza

Nunca llegarás a ganar suficiente dinero como para comprar el tiempo pasado

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