Qué cosas me dices

Si me quieres, ayúdame a quererme a mi mismo

 

 El padre, que por trabajo visita comedores escolares, llegó a casa con el siguiente acontecer; “… cuando me faltaban unos metros para llegar a la puerta, el monitor, un chaval que me había parecido encantador unos minutos antes, gritó a un grupo de niños de unos 7 años que se apartaran de la puerta para dejarme pasar; por supuesto no se movió ninguno, estaban absortos en su charla y sus risas. El monitor gritó una segunda vez y entonces sí los niños comenzaron a apartarse, todos menos una niña que empezó a preguntarme algo; no llegué a escucharlo, el monitor gritó una tercera vez: “¡Ana! ¡¿eres sorda?! ¡que te apartes!”

La pobre Ana no tuvo tiempo de ver la sonrisa de solidaridad que intenté dedicarle porque automáticamente bajó la cabeza, fijó la vista en el suelo y se marchó arrastrando los pies.

Mientras la puerta se cerraba detrás de mí aún tuve tiempo de escuchar lo siguiente: “¡Ana! ¿tú que eres, sorda, tonta o deficiente? ¿por qué no obedeces cuando se te manda algo?”

Mi impulso fue volver a entrar y preguntarle a aquel chaval encantador: “¿Y tú que eres, gilipollas o simplemente un abusón?  ¿Por qué un adulto a cargo de unos niños, al que por lo tanto se le suponen unos mínimos conocimientos sobre pedagogía, se dirige a ellos como tú acabas de hacerlo?”

Pero como tantas otras veces en que presencio cosas así, seguí mi camino con mi mala leche a cuestas pensando en cuántas veces le tocará a nuestro uno ser protagonista de una escena similar.”

 Despues de oír esta historia no fue difícil compartir la indignación del padre. ¡¡Maldito bastardo!!

(y es que insultar también forma parte de nuestras técnicas comunicativas)

 Antes de que naciera el hombre de nuestra vida tuvimos la suerte de descubrir el libro (y él de que nosotros lo descubriéramos) “How to talk so kids will listen & listen so kids will talk” de Adele Faber y Elaine Mazlish (edición en español “Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen”) y fue una revelación.

No hay suficientes palabras para explicar lo maravilloso que es este libro; lo ameno, lo práctico y lo necesaria que es su lectura no solo para aquellos que compartan su vida con niños. Hacernos conscientes de lo deficiente que es nuestra forma de comunicarnos y encontrar alternativas para que deje de ser así tiene un valor incalculable.

 Decía Saramago “nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos”.

 En una cultura como la actual y habiendo recibido una educación en la que el insulto es cotidiano, resulta fácil quitarle importancia y pensar que los insultos no nos afectan porque los percibimos como una simple forma de expresión; lamentablemente esto no es así, la falta de respeto que conlleva el insulto deja un poso en quien lo recibe y modifica la percepción que tiene de si mismo, sobre todo si el destinatario es un niño.

A día de hoy son muchos los estudios que demuestran que la mayoría de neurosis y un gran número de trastornos padecidos por niños y adultos son consecuencias directas de una baja autoestima. Por si esto fuera poco está demostrado también que la relación entre el nivel de autoestima de un individuo y la probabilidad de que trate a sus semejantes con respeto y generosidad, son directamente proporcionales; cuanto mayor es la primera, mayores son las probabilidades de que suceda lo segundo. Y lo mismo aplica en el caso contrario.

 Pero no son solo los insultos los que merman la autoestima; el oído atento, y el padre tiene dos atentísimos, escuchará sin tener que buscar mucho cientos de ejemplos.

“Te vas a caer” 

Mensajes que transmite esta frase: “eso que estás haciendo es demasiado complicado para ti”, “no eres capaz de hacer eso sin caerte”, “eres torpe”.  

 ¡¿Y qué hacemos entonces?! ¿dejamos que se haga daño?.

Pues si la caída no es muy grande, la respuesta es sí.

Nadie ha conseguido nunca hacer algo sin intentarlo. Evitarle todos los golpes a un niño supondría quitarle también todos los momentos de triunfo que conllevaría el haber sido capaz de evitarlos por si mismo.

 En la mayoría de los casos en los que se pronuncia esta frase, la caída es probable pero no segura; un “esa silla es muy alta” alertará al niño del riesgo que corre sin desanimarle ni modificar la opinión que tiene de sus capacidades.

 ¿Y que hacemos cuando la caída pueda suponer algo más que un simple golpe? Bajarle de donde este subido. Así de simple. Si sabes con seguridad que se va a caer y se hará daño, bájale, pero ya que no queda más remedio que privarle de la experiencia, no le privemos también de parte de su autoestima. “Esto es peligroso” mientras bajamos al niño le evita el golpe y le permite mantener intacta su opinión sobre su habilidad.

 Tener una autoestima sólida es un requisito indispensable para disfrutar de relaciones satisfactorias, para tener el valor de vivir según nuestros ideales y perseguir nuestros sueños, para tener éxito, y para, en definitiva, alcanzar la felicidad.

 No hay riquezas que no estuviésemos dispuestos a pagar (en el caso de tenerlas) para asegurar la felicidad de aquellos a quienes queremos; pero un día, aquel por quien daríamos todo el oro y aún sería poco, rompe una taza: “¡Serás torpe!”, “¡no haces nada bien!”, “¡niño malo!”. Y por 2 míseros euros contribuimos a que su felicidad, presente y futura, sea un poco más difícil de alcanzar.

autoestima

“No tengo ningún derecho a decir o hacer algo que rebaje a un hombre ante sus propios ojos. Lo que importa no es lo que yo piense de ese hombre, lo que importa es lo que piense él de si mismo. Minar la autoestima de un hombre, eso es un pecado”   Antoine de Saint-Exupery

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